Sixto Solar tomó dos libros de su biblioteca, que no era otra cosa que la parte más húmeda de la casa, es decir una valija vieja debajo de la cama, y fue a ver a un tipo que conocía de algunos tiempos ya muertos. Aquel hombre había leído mucho, y sabía de libros porque buscaba, en cada lectura, pensar en qué es lo que había llevado a ese autor a necesitar escribir esas palabras. Siempre decía que los seres humanos somos los únicos capaces de dar vida, y que le damos la vida a los libros cuando los hacemos existir a través nuestro, leyendolos. En esos instantes las palabras muertas resucitan, y se ajustan matemáticamente a la ecuación que cada lector representa. Modificando algo en la forma en la que estamos programados, porque eso es lo somos, la programación que hacemos de nosotros mismos, lo que nos contamos, nuestra historia, todo eso no importa, sino lo que concluimos en función de cada hecho, eso es lo que queda guardado en nuestra identidad. Aquel viejo llamado Diego siempre decía lo mismo, si una y otra mujer te rompe el corazón, probablemente algún día dejes de pensar en ellas, pero cuando conozcas a otras mujeres, las mujeres que hallas conocido y lo que aprendiste con ellas estará allí, programando cada palabra, cada caricia, la forma de besarla, y hasta las cosas que puedes hacerles en la cama. Diego decía que ese patrón se repite en todos los casos, salvo en los de las personas que son conscientes de ese condicionamiento, e intentan romper sus propios límites. Diego tocaba el saxo para aprender a improvisar, la música que hacía no era de lo más hermosa, pero el insistía en que esas prácticas le daban a su identidad una programación para aprender a romper ciclos de comportamientos, para predisponerse a salir de las estructuras. Sixto siempre recordaba aquella conversación que tuvieron, cuando hablando sobre música le pregunto si él, cuando tocaba el saxo, era capaz de improvisar siempre escalas diferentes. Y Diego, un poco apenado, le contestó que no, que a la larga siempre repetía las mismas escalas pero en diferente orden, pero le dijo algo que Sixto nunca pudo olvidar, cuando la música quiere salir a través de mí entonces lo que hago es hermoso, todo lo demás es ensayar para que los dedos respondan a esos momentos. La mejor música la escuchan los músicos, y nadie más. Ese es su premio por darle vida a la música.
Los dos libros que Sixto Solar le había llevado eran prestados, uno era sobre animales y el otro sobre una isla. Se los estaba devolviendo porque a las primeras páginas le habían parecido buenos libros, y jamás leía ese tipo de cosas. Se los habían prestado hacia ya quince años, y no había leído más que diez páginas de cada uno. Desde ese entonces no había sabido nada de su amigo el músico que tenía muchos libros, que había estado casado pero se había separado de su mujer porque la hacía infeliz porque ella quería tener un marido que quisiera tener muchas cosas y muchos viajes, pero no de los que a Diego le gustaban, sino de los lujosos, de los que usaban carteras caras y le permitían a ella mirar a las demás mujeres como por encima de su hombro. Diego podría haberle dado todo eso, pero nunca quiso, hubiera sido tan irónicamente feliz si hubiera elegido esa vida, quizás hasta sería más hermoso desarrollando esa ironía, esas vueltas tan sádicas que tiene la vida. Pero claro, eso es más fácil decirlo que hacerlo. Y claro, la música se hubiera perdido para siempre. La cosa es que Diego, ya en sus decisiones, eligió siempre su pequeño mundo en función de sus dos amores, los libros y la música. Fuera de eso nada le importaba, y dentro de su mundo todo era perfecto, hasta que a veces tenía que ir a un banco, o pagar algo, y veía en lo que estaban las personas todavía, y se sentía mal por no poder hacer nada para ayudar. Y eso que hacía mucho por muchos, tenía su lugar, donde algunos iban a aprender música, y desde ese lenguaje daba mucho sobre muchas cosas, pero sobre todo les mostraba lo que el encierro y el aislamiento voluntario, lo que el despegarse de la sociedad, le podían dar a una persona. Su cueva y el escenario y ser maestro, y los libros, y la soledad, y algunas drogas, y el sexo ocasional, y el amor ausente. Con el tiempo aprendió a amar esa vida, y a amar sus pocas cosas, y la falta de una compañera no le importó. Pero algunas noches eso lo ponía demasiado triste, sacaba buena música de eso. Sixto le decía que era un mercenario de sentimientos, los vendía por música para el silencio, y obtenía placer de eso. Ese era como un juego entre ellos, un pequeño ritual, Sixto lo llevaba siempre al mismo lugar, y Daniel le contestaba lo mismo, pero siempre con frases diferentes. Una vez le dijo que peor estaba él, que a esas alturas y todavía no había encontrado su propia vida, otra vez le contestó que tenía razón, pero que ese era el capricho de la música, y él nada podía hacer al respecto, también le dijo que estaba loco, que jamás había tocado una sola melodía con sentimiento, que de hecho nunca había sentido algo en su vida. Pero la respuesta que más lo marcó a Sixto se la dio el día que le prestó los dos libros que le estaba yendo a devolver, desde ese día no lo había vuelto a ver por quince largos años, ese día Sixto le preguntó si seguía cambiando penas por música, y Diego le contestó que ya no tocaba el saxo, que ya no daba clases, que solo se sentaba a escuchar las melodías en su cabeza, que allí la música hablaba con mayor claridad, y que los días pasaban ya por fuera de este mundo. Sixto quiso intentar explicarle que no podemos irnos de este mundo hasta la muerte, pero enseguida comprendió que eso lo debería entender en algún momento, por sus propios miedos. Perdón, medios.
Entonces aquellos libros podían representar dos cosas, o Daniel había aprendido a regresar y podía ayudarlo, o todavía estaba allí, escuchando las melodías de sus pensamientos, quizás hasta pueda hacerme compañía si esto es así, pensaba Sixto.
Cuando llegó a la casa la ventana estaba abierta, y por allí se metió. La casa estaba demasiado ordenada para el gusto de Sixto, todo en su exacto lugar, aparentemente estaban los mismos libros, los mismos discos, pero faltaba ese desorden que genera todo lo que está creando. El departamento estaba vacío, y Sixto se sentó a esperarlo.
Frente al sillón del living de Diego había un pequeño cuaderno, de tapa negra y dura, apoyado sobre el suelo de una habitación sin mesa, con muchas hojas, repleto de notas, hojas y hojas de partituras, todo prolijamente anotado. Cuando miró con más detalle, toda la parte superior de la biblioteca ya no estaba, y en su lugar estaban todos esos cuadernos negros. Eran muchísimos. Cuando los revisó todavía estaban escritos. Sixto abrió uno al azar, y le agregó una nota. Pero no se quedó a esperarlo, su amigo tampoco podría ayudarlo, el había viajado por otros motivos, y había vuelto por el mismo camino que lo llevó tan lejos, por la música. Nada tenía eso que ver con su situación, lo único que lamentó fue no haberlo escuchado tocar.
Cuando Diego regresó a su casa, unos treinta segundos después de que Sixto se fuera, y encontró aquellos dos libros arriba de la mesa, los miró y sonrió. Los dejó donde estaban, fue hasta su biblioteca, la inspeccionó un segundo, y enseguida notó que había un libro que no estaba exactamente como él lo había dejado, lo abrió, lo revisó y se dio cuenta que allí había algo que estaba diferente. Se sentó al piano y se puso a tocar. Aquella melodía era hermosa. La ejecución era perfecta. Hasta que llegó hasta allí. Continuó tocando, pero algo había pasado. La nota que Sixto había agregado a aquella obra maestra, hay por Dios, estaba tan fuera de escala. Si otra hubiera sido la melodía, en otro estilo de música, pero en esa composición, esa nota. Te extraño, se escuchó.
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