miércoles, 9 de junio de 2010

Dieciséis


Esa misma noche hizo mucho frio, pero Matilde no durmió abrasada a Sixto, en su cabeza todavía quedaban esas palabras dando vueltas, desafiantes y llenas de agua. Matilde intentaba meditar sobre la destrucción, quería recordar esa primera infancia en la cual ella era tímida y no sabía cómo o para qué hablar con los demás, se movía a esas épocas y ya entonces se sabía hermosa, eso le implicaba la mitad de los problemas, a demás era siempre un poco de alegría, y eso era otra parte importante, pero todo lo que encontraba la aburría, no estaba aburrida, pero no tenía pasiones en su vida. Esas identificaciones fervorosas que construyen ídolos y generan admiración siempre le resultaron insípidas, los deportes no le gustaban, con las artes no se metía, le encantaba mirar películas, pero las que ella quería ver no eran del gusto de ninguna de sus amigas. Lo único que se podría decir compartía era el baile, aunque lo que ella hacía cuando salían en grupos a bailar y emborracharse no tenía nada que ver con lo que sus amigas hacían. Para ella era la embriaguez y dejarse llevar, mirar todo a su alrededor, enamorar todas las miradas con un coqueteo inofensivo y entablar relaciones corporales, de movimientos, que en las palabras siempre terminaban decepcionando. Las vidas que tenían en esa época le parecía que estaban bien para los demás, pero para Matilde aquello era solo una transición para algo más, aunque todavía no podía ponerle nombre a aquello.
Su primera destrucción fue totalmente voluntaria, y ocurrió cuando empezó a abrirse al mundo, a conocer personas de otras edades, con formas de vida diferente, cuando le llegó por fin el problema de tener que pensar como quería vivir su vida y qué caminos iba a tomar para lograrlo. Aquellos años fueron intensos y atroces, todas las personas que se cruzaba le demostraban la amplitud que existía para elegir, y ella veía en esa amplitud un abanico que debía ser delimitado y desbordado, pero para ello era primero necesario recorrerlo en su pluralidad, y obtener de cada cosa algún regalo, algo que ella pudiese usar. Aquella etapa implicaba búsqueda constante, y había hecho de ella una persona que no tenía nada que ver con la Matilde anterior, era ella una esponja, y eso la llevó a recorrer lugares y personas, a moverse, a mirar en todos lados, aunque en ella persistía ese sentimiento de extrañeza, ese recorrer todos los lugares sin pertenecer a ninguno de ellos.
En cada oportunidad que se sentía seducida por algo o por alguien empezaba a disecarlo, lo daba vueltas por todos los sonidos y notas, lo hacía variar en sus tiempos y tonos, preguntaba por la armonía y por la tonalidad, pero todo aquello era solamente para darse cuenta de que ella no era así, y todo aquello sucedía mientras comenzaba a incorporar dos dimensiones, la primera la del dinero y la segunda la del sentido. Esas fueron las dos grandes preguntas de Matilde, aquella juventud solucionó rápidamente la primera pregunta, el dinero no me interesa, pero la otra pregunta casi la mata. Es difícil pensar que una pregunta pueda llegar a quitarte la vida a alguien, pero en este caso no había alternativas, las preguntas debían ser llevadas hasta el fondo y las respuestas encontrarse con sinceridad. Es que en la medida en que avanzó en sus estudios sobre lo que podría llegar a ser lo que tenía que construir se dio cada vez más cuenta que todo lo que efectivamente hacía estaba vacío, por supuesto ella no tenía en ese entonces la perspectiva que poseía ahora, desde la cama de Sixto Solar veía aquella etapa como necesaria y abundante, estaba preguntando, pero en aquel momento ese conocimiento no le servía de nada, cada respuesta que obtenía le demostraba distancias y la innecesaria existencia que tenía. Sobre este punto vale la pena aclarar porque fue crucial para Matilde, la existencia es innecesaria en particular e invariable en general.
Decir desde aquí que Matilde era un ser humano diferente es fácil, pero ella trabajo mucho para encontrar su propia existencia, es que para ella cada vida, en su necesidad de existir, podía encontrar comodidad, y entonces transitarse por inercia, solamente porque estaba dentro de un cuerpo, y en esos casos todas las vidas aparecían como innecesarias, ninguna valía por sí misma, no tenían sentido las vidas más que en su capacidad de gozar de lo sencillo, y aquello era, por lo menos para esa Matilde, inaceptable. Y por el otro lado tenía a todos los genios que devoraba, por lo menos en las películas que miraba y los pocos libros que leía. Todo ese mundo le parecía desbordante y demencial, aquello tenía que ser su vida, allí estaba el verdadero mundo, pero cuando le daba vueltas a este asunto y adquiría la conciencia de que si aquello era así las cosas decididamente estaban muy mal, había muchísima gente condenada a la innecesariedad, era como si la vida le pidiese a millones de personas que comprendan lo que es vivir como una tuerca, o ser un simple tornillo, y Matilde se sentía un tornillo oxidado.
En aquel momento Matilde casi se nos muere, encerrada en una situación que era demasiado grande para ella, y un mundo que se le hacia demasiado pequeño, no tenía en donde estar. Esa sensación se hizo gigante en su pecho, y casi la destruye por completo, pero ella se salvó a punto de dejarse morir, dándose cuenta que aquel viaje hasta la misma muerte era lo que ella estaba haciendo, y que había llegado hasta allí porque esa sería para ella la mejor forma de dejar de existir. Pero la muerte no la aceptó. La devolvió de un puntapié para este lado de las cosas, y ella quedó inclusa y más vacía que antes. Es que la vida puede crecer dentro nuestro, pero también se puede achicar. Y a ella casi se le extingue. No la quería, así como estaba planteada no la quería. Cuando la muerte la rechazó tuvo que mirar otra vez sobre la vida, y lo hizo para elegir la mejor forma de matarse. En esos momentos lo único que la salvó fue que ninguna de las muertes le parecía lo suficientemente hermosa, la muerte perfecta se le había escapado, y ahora estaba desamparada.
Matilde inició en ese momento un viaje a los límites mismos de la locura, dejando su unicidad destruida y la concepción de sí hecha pedazos. En aquel viaje todo lo que había concebido como correcto apareció inadecuado, incluso los límites de la palabra existir le parecían insostenibles, cada vez que miraba a una persona la leía como si fuera una hoja de un libro, miraba lo que implicaba y lo que decía, veía las distancias, comprendía, y por fin se dio cuenta de lo que el mundo era, y aquello le dio verguenza. Mientras ella viajaba para adentro perdiendo todo lo que antes podía considerarse razonable para aprender sobre una nueva forma de discernir que nada tuviese que ver con el mundo, todo a su alrededor se le aparecía cada vez más hostil, menos apetecible, más intransigente, y ella cada vez más sensible, más callada, exterminando la soledad. Llegó a comprender porque la soledad no existía, justo en el momento en el que todos a su alrededor la entendían menos, justo cuando el mundo que la conocía la rechazó de plano, y en medio de todo aquello tuvo que comprender que también la solución que había planteado para el problema del dinero no era la correcta. Así era el mundo para Matilde, incapaz de darse cuenta de nada de lo que le pasaba. El mundo está ciego, y allí se dio cuenta que no sabía lo que esta palabra implicaba, que desconocía a quien le estaba reclamando, mundo, vio al resto de las personas como parte de una red invisible, de la que nadie sabe nada, pero que opera sobre nuestras cabezas educándonos en ciencias estériles y pensamientos egoístas. Vio a las personas enfermas de gula, incapaces de dejar de comer, repletas de ansiedad por todos sus poros, se miró a sí misma y se convenció de que no estaba loca, se vio capaz de otra cosa, y lejos de querer morir. Matilde se determinó a pelear.
Según lo que pudo sacar en limpio de todo aquello lo primero que tenía que hacer era irse de donde estaba, y así lo hizo. Comenzó a trabajar allí y acá hasta tener las cosas un poco más claras, y muy de a poco comenzó una batalla incansable contra el sentido común. Para ella esto significaba ese sentido que limita todas las formas del mirar a una sola forma del mirar, había leído algo sobre saberes acumulados hermenéuticamente comprensibles y no sé qué cosas más, pero esa definición no le gustó. Y se decidió a recuperar la vida implicando las acciones mismas, ya que estaba cansada de escuchar palabras que aparentaban decir mucho pero que estaban sin relleno. Quiso pensar su vida desde el delirio, quiso que todo aquello que sucediese mientras ella estuviera presente fuera la proyección de una fantasía que era canal para que aflojemos las cadenas que nos atan al pudor, a la insania de aquel estado tan cómodo de locura que conocemos por cordura.
Aquella Matilde era una persona nueva, y había encontrado una forma de existir repleta de vida. Pero ahora, en la cama de Sixto Solar, se había encontrado con un momento verdaderamente horrible. ¿Cuánto más podía haber por allí? Aquella pregunta la dejaba aterrorizada, dejarse morir otra vez le parecía imposible, y encontrar otro punto de saturación que le de la fuerza necesaria para romper con todo otra vez no le parecía probable. Las cosas se le plantearon otra vez como si hubiera algo que tuviese que hacerse, pero sin saber cómo empezar. Matilde, a esas alturas, había aprendido a existir y a pelear, sabía la importancia del instante, y hasta comprendió la importancia de la sencillez, podía ser tranquilamente un tornillo, porque sabía que si así fuera cualquier máquina tendría dentro de sí un principio de colapso. Se sentía feliz por eso, pero todo lo demás, infinito e inabarcable, dejarse morir, volver a empezar, dejarse caer, llegar hasta el mar, volver a mirar, los pies enterrados, gusanos quemados, las líneas del tiempo, los astros que miran, los faros que guían, y la incertidumbre que abunda, en cada volver a empezar.
Matilde se dio vuelta en la cama y lo abrazó. Puso la boca en su cuello y apretó bien fuerte sus cuerpos, para sentir que estaban juntos. Sixto, le susurró al oído. Sixto. Y él que a penas la escuchó. Mi amor. Sixto abrió los ojos, la miró sin moverse y le preguntó, qué pasa? Sixto, voy a morir otra vez.

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