martes, 1 de junio de 2010

Veintiséis


Mientras la serena mar tomaba a Matilde y la arrastraba ella estaba perfectamente consciente. Sus brazos luchaban por hacerla salir a flote, por dejar su cabeza fuera del agua, por darle oxigeno, pero la mar la enviaba devuelta a las profundidades de aquella ola, perfecta cazadora y caudal de muerte. Lo único en lo que Matilde podía pensar, mientras veía las burbujas de oxigeno extinguirse como si fueran su propia vida, quería ser pronunciado, y lo hubiera gritado con desesperación, para que el sonido conmueva a su salvación, pero no puedo hacerlo por el agua que le entraba directamente en los pulmones. Lo peor de toda aquella situación fue ese segundo de calma, que se produjo en la costa. Cuando aquella ola dejó a Matilde en las orillas del mar, aun cerca de tierra firme, ella incluso pudo ponerse de pie, y casi con su último aliento pudo decirlo, con sus manos apoyadas en las rodillas, con una respiración profunda y agitada, lo dijo y la calma mar volvió a subir, despiadada y prepotente, mostrando todas sus fuerzas, para tragársela en forma definitiva. Fue pausado y seco. No quiero morirme.
Mientras la mar le daba a Matilde esa última travesía, esa invitación a las profundidades de la muerte, ella experimentaba la asfixia. Es sumamente desesperante intentar retener el poco oxigeno, el pecho se ensancha, los latidos del corazón, las manos, la superficie cada vez más lejos, inalcanzable, la resignación, el aire en los pulmones que se agota, y en ese momento el vacio en el pecho que incrementa su intensidad, abriéndote la boca con la fuerza de una tempestad, todo en ti se desfigura, mantener la boca cerrada y rogar por el desmayo, suplicarlo en silencio, pero tampoco fue eso lo que le pasó a Matilde, ella era demasiado fuerte para perderse de ese momento. Abrió la boca en busca de oxigeno, queriendo vida, y recibió agua y sal. Esa bocanada de mar fue su último intento por sobrevivir, instintivo, cargado de fe. El agua inundo sus pulmones. La falta de oxigeno amplió aquello que sentía en el pecho con una fuerza que ella no había visto nunca, ya no era dolor, era como si todo el universo estuviese concentrado en ese solo punto, su cuerpo y la consciencia, y el dulce tirón, arrancada. Para ella fue un instante, irse de allí. El último regalo a los sentidos. La muerte.
En cuanto a los pensamientos estos dejan de pertenecernos. Aquello que pensamos en vida nos habla con sinceridad, nos dice exactamente el momento en el que estamos, aunque nos perturbe o nos alegre, lo que podemos escuchar. No hay nada que contenga mayor verdad para cada uno que sus propios pensamientos, verdad sobre el cada uno, pero sobre el mundo no hay relación de necesariedad, lo que pensamos nos habla sobre cómo estamos, y sobre el mundo nos dice lo que somos frente a el, pero nada hablan los pensamientos del mundo en sí. Los pensamientos de Matilde se calmaron antes de morir, toda su percepción quedó concentrada en lo que estaba experimentado, la muerte es abrumadora y abarcante, es el instante sublime de la vida. Y luego los pensamientos que se detienen. La percepción sigue allí, como latente, una conciencia de una unidad ya inexistente que no ha entendido todavía que no tiene porque limitarse, desaparecer es el único camino. Se comienza para adentro, a través de la ampliación de la experimentación. Lo que es sentido, percibido, aumenta en intensidad, y tanto es así que terminamos diluyéndonos, desapareciendo para siempre, regresando a la inmanencia.
Pero en este caso también hubo una excepción. A Matilde se le concedió viajar con los ojos abiertos, y atravesó aquel camino como sabiendo a donde tenía que ir, no existían preguntas para ella, el tiempo le resultada elemental, lo que podría llamarse avanzar tampoco implicaba el espacio, era simplemente ver que a su alrededor algo cambiaba, querer ir allí y estaba. Llegó a la playa donde tuvo aquel encuentro con Sixto. Habló con él, que pudo generar la posibilidad de ese encuentro, y se fue caminando por la costa, esperando regresar sin saber cómo, caminando descalza, dándose cuenta de la belleza existente en la arena recorriendo los pies, en mirar el mar, respiraba y aquello le parecía hermoso, solamente porque sabía que ya no podría hacerlo nunca más. Fue un parpadeo y regresó, todo aquello se desvaneció y la certeza sobre si había sido real ya no importaba, otra vez el camino hacia adentro, para desvanecerse, para diluirse, pero algo la agarró y la arrojó violentamente. Escupía agua por la boca, tocía, no podía moverse por la fatiga, pero estaba en la costa. Sin entender absolutamente nada de lo que había pasado.

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