
Sixto Solar era incapaz de hablar. Y en realidad el mundo era incapaz de escucharlo. Fue así que tuvo que decidir encontrar el único lenguaje que lo podía ayudar. En esos momentos de desesperanza era el arte su única salida, y así se dispuso a comprender sus límites y replantear sus posibilidades.
Dando vueltas alrededor de la mesa se pensaba, pueden tocarme, y puedo sentir el cuerpo de los demás, pero no pueden escucharme, y no pueden verme, pueden sentir si les hago una caricia, pero jamás sabrán que he sido yo, puedo tocar las cosas y romperlas o arreglarlas, pero si abro una ventana parece que fue el viento, puedo escribir y puedo pintar, supongo que si hago música pueden escucharla, entonces arte puedo hacer, pero cuando quise escribir la tinta no salió de la lapicera, o quizás crean un fue un fantasma. Sixto Solar se tocaba la pera tratando de comprender, todos los rincones de la casa guardaban risas que se burlaban de su ingenuidad y de su ignorancia, como si se supiera que tenía que hacer en todos lados, menos en él. Aquellas risas comenzaron a hacerse cada vez más grandes, más abundantes, y en vez de concentrarse en el problema se sentían mordiendo, perdiendo la cordura, desencajados, su cabeza empezó a perderse en un laberinto sin paredes.
Yo no estoy aquí. No sé que es estar aquí. Sentir? Reflexionarme? Qué me hace estar vivo? Es que en este momento los límites entre la realidad y el mundo llevan mi nombre y se supone que algo tengo que hacer con esa situación, pero mientras se me entrega algo que puede ser dicho, algo pertinente, a la vez se me entrega la incapacidad de pronunciarlo, no se me dan las palabras correctas, la forma de hablar para que alguien pueda comprender. Eso me pasa por jugar con la memoria. La obscuridad se burla de mí. Ya no quiero vivir, estoy cansado de existir con problemas que no tienen solución, toda mi vida, sin saber porque, me han gustado los absurdos y los sinsentidos, siempre ha existido en mí la pasión por lo incomprensible, pero jamás me hubiera imaginado, no podría haber pensado, que esto hubiera de ser así. La poca paz que tuve ya no existe, el tiempo se me agota, no por la muerte, que sería una liberación, sino por la locura. Tengo miedo de volverme insano, tengo mucho miedo de que esta situación sea más fuerte que mi propia memoria. A estas alturas, lo único que me queda.
Era de noche, había un viento helado por las vacías calles, y ese olor a mar en calma. Las ventanas de las casas tenían las luces prendidas, pero los murmullos no llegaban a inundar las veredas, todo era detrás de las puertas, hasta que Sixto salió desenfrenado. Tomó un tronco que había por allí y lo puso en el medio de la calle. Parado, en la inmensidad del silencio, hubiera dado sus manos por interpretar algo hermoso, hubiera perdido la lengua por siquiera cantar, una vez, aunque nadie le escuche, un nocturno de Chopin, en su cabeza daba vueltas el Op. 9 N°2, aquella melodía tan hermosa, y desde su interior, desde toda su tristeza y su angustia, quiso cantar algo que pudiese intentar tocar la belleza, pero en lugar de eso, para sus oídos, lo único que apareció fue su intrascendencia, la mediocridad de su dolor y toda su incapacidad de comprender. Y eso lo hacía pedazos, lo único que sabía hacer era sufrir, y ni siquiera eso alcanzaba para una canción. Todos estos pensamientos lo abordaban mientras cantaba, dándole expresividad a la interpretación de la canción, claro que esto era imposible de ser percibido por Sixto Solar, para quien lo único real eran sus pensamientos. La falta de silencio, la incapacidad de concentrarme en la música, mi existencia siempre fraccionada, siempre capaz de encontrar lo que me falta. Cuando era niño todo en mí se perdía en cualquier pared en la que mi mirada se acostase, hoy ya no tengo ojos. Sixto cantaba con la mirada cerrada y las manos extendidas. Cantaba con sentimiento, pero él no era capaz de darse cuenta de eso.
Mientras el tronco de un árbol parecía cantar en la mitad de la calle una niña salió de su casa, seducida por aquellos sonidos. Tenía su dedo índice en la boca y miraba con los ojos abiertos, estaba sorprendida, pero no por el hecho de que un tronco cantase, porque para ella un tronco sin nadie parado arriba estaba cantando, ella no había escuchado nunca a Chopin, siquiera había tenido algún acercamiento real con la música, y esa noche, en aquel momento, ella pudo escuchar lo que Sixto quería decir. Claro que todavía era muy pequeña para comprenderlo, pero sin saberlo Sixto cambió la vida de una persona para siempre. La niña sintió alegría y tristeza, sintió que algo existía dentro de esos sonidos, pero ella no tenía esas palabras, ni siquiera otras, todo era sensaciones, pura inmanencia. Y ella allí parada, en la puerta de su casa. Cuando su madre se dio cuenta de que ella estaba allí, de todo lo que estaba pasando, lo único que vio fue que ella podía tener frio. Así que para cuidarla la tomó del brazo y la hizo entrar a la casa, cerrando la puerta detrás. A la niña se le cayó una lágrima, pero no la pudo explicar. Todas las lágrimas son un gran misterio.
Cuando Sixto terminó de cantar, sus manos todavía le hablaban al movimiento, estiradas, con los dedos tensionados, con expresión en las cejas, cuando la música se fue, Sixto vio la posición de su cuerpo, y se sintió torpe e inútil. Se sentó en aquel tronco, en el medio de la calle. A descansar.
En ese momento un auto tuvo que frenar, para no atropellar a aquel tronco. El que manejaba era un hombre gordo, se bajó y se rascó la cabeza, Sixto lo miraba sentado, había girado solo la cabeza, el hombre gordo, como para sí mismo dijo, quien habrá sido el idiota que deja un pedazo de árbol en el medio de la calle?. Cuando se agachó para correr aquello Sixto se levantó, y vio como ese hombre se llevaba su escenario a otro lugar, sin prestarle la menor atención. Pensó en robarle el auto, casi con desprecio se había dicho que eso si lo notaria, pero a pesar de todo Sixto Solar era un hombre íntegro. Podía robarle el auto para hacerlo caminar, para generarle pensamientos a aquel gordo, podía hacerlo hasta para hacerlo adelgazar, pero de ninguna manera podía llevarse aquel vehículo desde los pensamientos que tuvo, desde el resentimiento. Mira tus motivos y verás quien eres.
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