viernes, 4 de junio de 2010

Veintiuno


Cuando Sixto Solar encontró el lugar que era para él algo dentro de sí cambio. Muy a pesar suyo tuvo que abandonar sus ambiciones, y aprendió a dejar ir sus ganas de hacer que las cosas cambien, para empezar a concentrarse en hacer que su propia existencia cambie. Aprendió a pescar y trabajó mucho para juntar el dinero y hacerse de su propio barco, pero sobre todo tuvo que esforzarse para saber disfrutar de los instantes, de las conversaciones, del segundo que está muriendo en cuanto es pronunciado. Cada día Sixto comprendía que aquello era lo que tenía que hacer, pero al mismo tiempo pensaba en todas las cosas que podían hacerse de otra manera, en todo lo que podía crear, en todo lo que estaba resignando de sí, y aquello lo desveló por muchísimas noches. Esos largos insomnios lo hacían pensar largamente, estiraban los caminos del silencio hasta lo inverosímil, hasta deformar tanto el mundo para que todo deje de tener sentido, la vida que quería vivir no era la que él tenía, y lo único que sabía hacer al respecto era intentar disfrutar del día a día, pensar en lo sencillo, en los pescados, en la belleza del muelle. Era un intento tibio, que moría al nacer la luna. Lo cotidiano puede ser tortura o suplicio si carece de contenido. Sixto Solar no era capaz de encontrarle solución a este problema. Hasta que algo le pasó.
En aquel tiempo se apareció en el muelle una hermosa mujer, de la edad del Sixto de aquel entonces, que se acerco a él, y con ternura, le acaricio el rostro. Yo te conozco?, le pregunto Sixto, y ella le respondió que no, pero que ella si lo conocía a él. Matilde le pidió permiso para contarle una historia muy importante, y Sixto se lo concedió. Dentro de diez años, le dijo Matilde, la mujer que yo he sabido ser entrará a tu patio, y te amará. Tú no me reconocerás, pero sabrás que soy yo la mujer que tú amas, y yo sabré que eres tú, pero no recordaré este momento, porque todavía no habrá ocurrido para mí, viviremos diez años felices y yo me iré, para venir aquí, a decirte esto, para que aquello sea posible. Moriré por diez años junto a ti. Has comprendido?
De todo lo que Matilde le dijo Sixto Solar solo se quedó con una parte, y le pregunto ¿y por qué una mujer como tú se enamoraría de un hombre como yo? Matilde explicó a Sixto, y eso lo cambió, ella le dijo quien era, y eso fue suficiente para él. No importa tu éxito o tu fracaso, lo que tú eres existe al margen del mundo, tienes que aprender a aceptar la belleza que existe en ti, a reconocerla, entonces tu vida cambiará, ya no hablarás tanto, eso es cierto, pero no porque no puedas hablar, sino porque ya no necesitarás decir lo que tienes que decir, no estarás resignado, simplemente habrás dejado de desear el mundo, y ese será el principio. Tú, Sixto Solar, encontrarás paz.
Sixto Solar se le rió en la cara, lo que tú me estás diciendo de mí me repugna. Seré uno más de los incontables conformistas, perderé el apetito, si esa será mi paz entonces viviré una pena que tú, con todo tu amor, no podrás comprender nunca. Eso no importa, le contestó Matilde, yo te amaré por lo que eres, aunque tú guardes en tu corazón la certeza de que deberías haber sido otra cosa. Si esa es tú pena, es cierto, nunca dejarás de cargarla, hasta el día en que la recuerdes, entonces sabrás que eres diferente, que tu relación con el mundo es diferente, que lo que tú tienes que hacer aquí no es lo que tu creías, ese día volverás a existir. Yo ya no estaré con tigo, pero ese día tu pena morirá. El mundo es muy pequeño Sixto, es solamente un corazón y una espalda. Un corazón para amar, y una espalda para soportar. Tu espalda será muy castigada, pero tu corazón, algún día, nacerá. Antes de ese día verás mi muerte, y mucho después volverás a existir. Recuérdalo, te lo he dicho dos veces. Volverás a existir.
Matilde beso la boca de Sixto, y este lloró sin saber porque, es la primera vez que te veo llorar, le confesó, y él, lleno de ironía, le contestó, no voy a tener ni lágrimas ni sueños, pero si la obligación de vivir. Ella se fue, caminando por la costa, y Sixto quedó allí sentado, pensando por un segundo, algo importante me pasará, después de todo no seré uno más dentro del montón. Siquiera fue capaz de pensar, algo dejaré.

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