
¿Y por qué mi arte puede ser escuchada? Así amaneció Sixto aquella mañana. Fue un despertar violento, esas horas terribles y las preguntas malditas que siempre nos hacen lavar los dientes. Y no era para menos, aquello no tenía sentido. Sixto le confesó, muchos años después, a un carpintero amigo suyo de la infancia, que había sentido miedo en ese momento. Es que no podía evitar continuar con aquella línea de pensamientos, y sin embargo temía por la conclusión inevitable, imaginar una respuesta que le planteara la imposibilidad de una ventana. Entonces siquiera su arte lograría superar su encierro. De la misma manera que ampliando su definición de arte podía salir entonces podía ocurrir que, cuestionando aquella posible ventana del arte quede en la más oscura de las penumbras. Así como se lo dijo el electricista lo resolvió Sixto, igual tenía que seguir.
Recapituló los hechos y no sacó nada en limpio. Entonces hizo un dibujo en un papel, y el dibujo estaba allí. Le hizo un agujero al papel, buscó un hilo en un cajón, y salió con el dibujo y el hilo a buscar un árbol. Mientras caminaba tratando de encontrar el donde tenía que colgar algo creaba montones de preguntas técnicas, cuestionándose, por ejemplo, si en ese momento, para un eventual observador, aquello sería como ver un pedazo de papel con un dibujo y un hilo flotando hasta algún lugar por el medio de la calle. Ante aquellas preguntas se dispuso a suponer que, dadas las circunstancias, nadie se aparecería en su camino, para no resolver aquellas cuestiones y dejarlas así. Como preguntas. Y así pasó. Mientras Sixto buscaba su árbol en las calles parecía que todo lo que existía estaba vacío, era aquello un mar de soledad. Eligió un árbol de uva y colgó aquel pedazo de papel. Después tomó una de las sillas y se sentó a esperar a que alguien llegase.
Los dueños del patio de donde crecía el árbol de uva eran dos viejitos, que eran pareja desde hace mucho tiempo, el primero se llamaba Raúl, era detallista de profesión, y usaba siempre medias de colores, el segundo se llamaba Jorge, y era exagerado de profesión, y siempre tenía guardado, debajo del reloj del living, un poema de cuatro palabras para Raúl, y lo hacía desde hacía cuarenta y cinco años así. El poema de ese día era, quien eres por mí. El único día que ese poema no estuvo allí, en su lugar, donde debía estar, fue el día en el que les dieron la noticia de que finalmente podrían adoptar a una niña de dos meses, ella se llama Lucrecia, y en el momento en el que Sixto estaba colgando aquel dibujo tenía veintidós años. Ella iba muy nerviosa caminando, es que iba a presentar a su novio con sus padres, y tenía una mezcla de entusiasmo y ansiedad, pero todo aquello se vio interrumpido cuando se encontraron aquel dibujo colgado, ella se lo quedó mirando, y su novio llegó detrás, y se puso a examinar el dibujo, y en seguida salieron Raúl y Jorge, con un paquete de chocolates, y también se pusieron a mirar el dibujo, y mientras miraban y hablaban comían, y mientras comían, casi sin que aquello realmente sucediera, Lucrecia le dio un chocolate a Sixto, quien lo aceptó de muy buen gusto, ya que estaba contento porque había mucha gente mirando algo que él había hecho.
El chocolate me trajo otra vez, me dieron un chocolate, me vieron, me dieron un chocolate. Voy a volver. Sixto se paró, se puso de pie, y les dijo gracias con entusiasmo. Todos siguieron mirando el dibujo, y Sixto insistió, nadie escucha lo que habla. Y como la familia se quedó mirando el dibujo Sixto volvió a insistir. No estoy durmiéndome mirando las cosas que me rodean por donde mis sentidos piensan recorro lugares que esconden las pestañas que usan sobre los ojos que ven mirar al sol, a través de las nubes. Raúl le dijo que estaba de acuerdo. Jorge no le contesto. El novio se llamaba Federico, y se dispuso a dar por toda razón a los padres de Lucrecia que él pretendía algo con su hija, y que además estaba muy interesado en dejar salir de sus manos siempre una agradable caricia para su pelo. Sixto Solar se quitó los zapatos. Jorge le mintió a sus pensamientos, Raúl le dijo que podía pasar a tomar asiento. Sixto Solar entró. Los cuatro se quedaron allí parados, mirando el dibujo, los lugares por donde las voces obtienen cuerpo y sentir.
Cada tanto dudo, se dijo Sixto sentado sobre la mesa de la familia que miraba el árbol. O quizás dude todo el tiempo y solo pueda ser consciente de algunas dudas. Quizás cada vez que camino y quiero volar sea una duda. A veces no sé. Mi mundo y tu mundo son iguales.
Pero pueden ver mis dibujos, y pueden escuchar mis palabras cuando las uso adecuadamente. Aunque sigo sin estar allí. Entonces lo supo, es el arte porque para mis conclusiones la palabra a través del arte es siempre pertinente, siempre puede ser pronunciada. Pero claro, dijo exaltado y en voz alta, es como si todo lo que he pensado se hubiera escapado de mí y proyectado sobre el mundo, es como si el mundo se hubiera hecho realidad. Todo tiene sentido. Menos que Matilde esté muerta.
Lo nefasto de todo esto, se decía Sixto Solar mientras iba a la heladera para ver si había algo de comer, es que puedo modificar mi relación con el mundo aprendiendo a modificar mis conclusiones, tengo que encontrarme de nuevo con la necesidad de hablar, y para ello el silencio, la carencia, el deseo existe a partir de la ausencia, pero la satisfacción del deseo solo destruiría la fuerza de la desesperación, entonces no es eso lo que tengo que hacer, sino utilizar esa fuerza, esa necesidad de respuestas, para encontrar las respuestas correctas, y ese camino no es el de la satisfacción, no debo buscar ampliar mi definición de arte, debo recorrerla para comprenderla, abarcarla hasta agotarla, destruirla y crearla. Debo viajar sin tiempo y sin ansiedad, apreciando cada distancia, dándole algo que decir a cada cosa, dejando que cada situación me sirva de punto de partida para el movimiento. Es algo similar a la angustia, ese vacío en la existencia es el síntoma de una necesidad de respuestas, si elimino el síntoma las respuestas no aparecen, si pierdo la capacidad de aprender y me desmorono entonces la angustia me asfixia, y pierdo la vista. Si acepto lo que me plantea y comprendo su lenguaje entonces me enseña, claro, lo hace tirándome a los vacios infinitos del sin sentido, dejándome ver que una vida como un renglón nunca ha sido mi forma de vida. Es como aceptar que aquello que me sucede es la consecuencia de lo que soy, debo verme en lo que me rodea. Debo servirles la mesa, y prepararles algo de comer. La familia seguía en árbol, conversando sobre la importancia para la historia de los sombreros mientras Sixto Solar tomó de la heladera lo que estaba por ahí y dejó servida la comida que ya había sido preparada para la ocasión, dejó cinco platos servidos y se sentó a esperar. Unos minutos después todos se sentaron a comer, incluido Sixto Solar. La cena transcurrió de mil maravillas, Sixto se sintió acompañado, y aunque no participó de las conversaciones si comió de lo que estaba servido. Cuando terminaron se levantaron todos los platos, incluido el de Sixto, y cada uno fue para casa, a descansar después de un largo día.
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