martes, 1 de junio de 2010

Veintiocho


Cuanto uno más bueno se hace genera más maldad a su alrededor. O por lo menos así pensaba Sixto Solar en esos momentos, cuando desconsoladamente recordaba aquella vez que Matilde le dijo, tu eres bueno, pero bueno de verdad. Esa frase para él podía significar dos cosas, la primera era tomar el de verdad como un superlativo, pero la segunda le representaba incetidumbre. ¿Qué implicaba ser bueno de? Ese de podía ser de lo que estuviese compuesta esa bondad, es decir una bondad no ingenua, no porque así lo criaron, no porque eso hace bien al mundo, no por la armonía que implican nuestras prácticas con el universo, sino sencillamente porque aquella bondad era verdad, hecha de, podrían haber sido sus pies y hubiera sido exactamente lo mismo. En sí misma, un fin, un camino, podría que lo único verdadero que tuviese dentro de sí fuese esa bondad, necesaria a pesar de lo que implique, sea esto importante o intrascendente. Bueno de verdad. Sixto tenía una relación muy compleja con la verdad, al principio la buscaba a pesar suyo, dejaba que su vida lo guíe, decidía por aquí o por allá en función de lo que tenía al alcance de la mano, y no miraba jamás por fuera de lo que estaba allí. Esa fue la sabia juventud de Sixto, dejándose llevar por lo que sus decisiones le mostraban, y siempre mirando todo con recelo, viendo detrás, siempre aprendiendo a leer. Hasta que un día comprendió que la verdad existía, y que encontrarla implicaba un largo viaje sin destino, y comenzó a proyectar hacia el futuro, a encerrarse en su imaginación, a vivir en su memoria, y a tener que existir con las carencias que surgían de las distancias. Sixto Solar era un hombre torturado por la verdad. Para tantos sabios aquello había representado una bendición, pero para él no era este el caso. No podía evitarlo, no sabía cómo enseñarlo, lo expresaba sin quererlo, lo buscaba porque si, lo encontraba en todos lados, y jamás logró terminar de comprender. Infinito. Esa palabra le hacía mucho daño.
Cuando salía al mundo los problemas que allí existían le parecían irrelevantes, abstractos, carentes de volumen, y los resolvía bien porque para él tenían la menor de las importancias, pero para las otras personas aquello era enfrentarse con una persona rara, alguien que nada quería y que todo lo daba, entonces algunos pedían más y más, como si fuese aquello pescar de un lago hasta agotar los peces, algunos otros se enfurecían, porque veían en Sixto una crítica miserable e hipócrita a lo que ellos eran, y le devolvían odio y resentimiento, otros muchos siquiera lo comprendían, y le mostraban una coqueta indiferencia. En todos los casos, ante la presencia de Sixto, los otros seres humanos veían como bajo una lupa sus propios defectos, y eso exasperaba a cualquiera, se veían malvados, solamente porque Sixto los obligaba a mirarse desde un lugar muy diferente al que ellos tenían, muchos lo detestaban por eso, porque los obligaba a replantearse cosas que no tenían porque dejar de estar así. Sixto absorbía siempre esa maldad, ese tener que mirar a los demás desde ser bueno de verdad, y eso lo enfrentaba a un mundo triste, en el cual jamás podía decir todo lo que pensaba, no porque tuviera pelos en la lengua, sino porque en muchos casos no hacía falta, el solo ejemplo era suficiente y los tiempos para procesarlos ya no eran su responsabilidad. Siendo consciente de esto, Sixto conocía la parte de él que ninguno de los demás sabía, su pena y su dolor, y se planteaba sobre su existencia esa carga tan pesada, no podía evitar conducir a todo el que se cruzara en su camino a un suplicio, porque pensar que la bondad es verdad en un mundo de depredadores es convertirse en cordero. Siempre quiso pensar que era esto una transición a lo inevitable, y siempre supo que nada había de transición, que la vida siempre será un chiquero, que a lo sumo cambiarán los problemas por otros mejores, quizás más difíciles, pero que jamás lograremos paz más que en la muerte. Y la muerte es justa y misericordiosa, nos perdona y salva a todos por igual. Es el premio por hacer existir y cargar con la imperfección. Entonces el mundo, visto desde allí, no era más que un parque de diversiones, donde cualquier cosa puede ser hecha, donde la ignorancia no tiene porqué dejar de existir, donde vivir en armonía no deja de ser una posibilidad y nada más que eso. ¿Dónde está la necesariedad de la verdad? En que es verdad. Así de sencillo. Es decir, prácticamente imposible.
Para Sixto Solar, la cuestión del bien y del mal era muy simple. Es como comparar la ignorancia con el conocimiento, al cobarde con el valiente, al poderoso con el sabio, y así sucesivamente. El problema era que la paz no existe en ninguno de los dos caminos, se decía una y otra vez. ¿Qué historia queremos contar con la vida? Los conflictos que generamos, la forma en la que los resolvemos, lo que aprendemos, lo que experimentamos, lo que disfrutamos de ese proceso. ¿Y por qué la vida expresa esas cosas? Seguramente porque quiere ver como es existir así, en esas circunstancias. Somos un teatro. Nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras experiencias, nuestro sufrimiento, nuestro amor, nuestro odio, todo genera información que es depositada y comprendida por la memoria del universo. No tiene sentido luchar contra los molinos, la vida no dejará de ser así, para que entonces torturarnos, que cada cual encuentre lo que hay de verdad en su interior y listo. Pero hasta eso implicaba un trabajo imposible. Cada conclusión a la que llegaba le plateaba una serie de problemas que lo excedían y lo volcaban a los demás y Sixto solo quería dormir tranquilo y con el estomago lleno. Pero no podía dejar de ser. No es que fuera egoísta, pero los demás implicaban siempre una dimensión política, y nunca una dimensión humana. Si esto hubiese sido así Sixto hubiera comprendido la práctica de dar, y eso le hubiera salvado la vida.
Para colmo de males, y como si todo lo dicho fuese poco, Sixto ya no podía ser recordado por el mundo, y esto le implicaba una sola cosa clara, todas las conclusiones que obtengas son para ti, no te preocupes por los demás, obtén paz de lo que tú has comprendido, que el mundo, que tiene sus propias reglas, se las arreglará con la vida. Solo es de tu propia vida de lo que te tienes que ocuparte. Y eso era lo más triste de todo, Sixto siempre supo que esto era así, y nunca pudo resolver bien ese problema. ¿Solamente algo tan pequeño? Y ahora, como imponiéndole un lugar desde el cual mirarse, la pena del olvido. Es que nunca nadie lo hubiera recordado de todas formas, la redundancia parecía una exageración.
Los problemas del poder son más simples, o tenés o no tenés, y podes llegar a matar por tener, pero los problemas del conocimiento no, son absolutamente necesarios, para quien comprende lo que implican, y desgarradores. Sin ellos el arte no existiría. Por supuesto la ciencia no deja de ser un arte, metodológicamente hablando.
Lo que Sixto nunca comprendió es que todo lo que estaba pensando estaba bien dicho, pero eso jamás implicó que no hubiera otras formas de existir. Eso sí, aunque lo hubiera comprendido de nada le hubiera servido, ya que no podía dejar de ser lo que era. ¿Por qué Sixto Solar debería no existir? La única respuesta válida es Sixto Solar, pero todo lo que Sixto implica vale mucho más que el peso de su pena sobre su alma. Así también es la vida. Hermosa.

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