martes, 8 de junio de 2010

Diecisiete


La mimetización como delirio proyecta la capacidad de transformación, será el texto el que adquiera la forma del ente y no el ente el que se vea transformado por la exposición al texto.

Esto fue descubierto por un grupo de personas que se autodenominó de la crítica mimética. El más joven de los cinco un día los unió, su nombre era Sixto Solar. Les dijo que estaba cansado de verse influenciado por las baldosas en la calle, que había llegado el momento de invertir las relaciones de condicionamiento. Los otros cuatro no hicieron caso, pero uno de ellos le prestó un martillo. Al día siguiente hubo un pasaje perdido de la Ciudad de Buenos Aires lleno de baldosas rotas. Eran las de quince por quince, color amarillo gastado, seis rayas para arriba, seis para abajo, ahora con un agujero en el medio.

Los cinco reunidos y la vejez que preguntaba por la pertinencia. La explicación rodó por el medio de la sala, salió por la puerta pidiendo permiso y volvió a entrar por la ventana con un dibujo de un brazo muy fino para esa espalda.

Es que el arte debe ser lo que el arte no es. Y eso que fue pronunciado condenó a la realidad al movimiento, haciendo morir ese principio en el que nadie podía romper el silencio. El arte vuelve en cada segundo a hacerse dios de todo lo que existe, violenta sus límites, se destruye y anula para mantenerse como devenir. Su infinitud se la debe a la imposibilidad de aceptarse. Esa es la hermosa condena que carga.

Volvemos a ese momento maravilloso en cada letra y en cada nota y en cada color. Las memorias son responsables por miles de robos a la intrascendencia, los momentos que capturan, esas situaciones que son presenciadas calumnian contra la inmortalidad. El arte, para sostenerse por fuera de sus límites, debe escaparse. Sólo será cuando se regale al olvido. Y a nadie más.

Entonces el joven Sixto lloró delante de los cuatro viejos. No tuve que haberlo dicho, ahora ya no existe. El desconsuelo fue grande como un tren. A eso le siguieron varios intentos por explicar que nada había sido entendido, que no se preocupe porque de hecho no le estaban prestando atención, otro apoyo la moción y puso las uñas de sus pies como prueba de su entretenimiento excusa. Pero el llanto volvió cuando uno de los decrépitos dijo que estaba totalmente de acuerdo. Dijo, yo estoy de acuerdo con Usted.

Agregole, le contesto ancianamente. Debemos darle vida a lo inerte. Engendraremos un movimiento de músicos que silbe por las calles, tendremos pintores que sólo hagan mamarrachos en los márgenes de los cuadernos y dibujos en las paredes de las calles. Piensen en la posibilidad de anular el concepto de público. Las calles se mimetizarán con nosotros y no nosotros con ellas. Se encerraran para no verse invadidos, deberán dejar los parpados estirados. Generaremos un estado de pánico que reinventará las costumbres. No se habla más. ¿Cuantos martillos podemos conseguir?

Eso mi querido es un acto de prepotencia, sentencio el que usaba pipa. Cada uno debería decidir sobre la naturaleza de sus martillos, es injusto que todo sea baldosas cuando a mí me gustan más las corbatas. Propongo que escondamos algo en un lugar inaccesible.

Así siguió la conversación, y nació un movimiento de estas letras que fue carne, haciéndose una idea sin pies y sin talento. Destruir el arte.
Fue entonces que estos decidieron cambiar los códigos. Estuvieron quinientos años para crear ese nuevo lenguaje, quinientos años tardaron en decidirse por la palabra delirio. Escondieron en las miradas de los hombres y las mujeres. Bendijeron a los niños. Cuando el último despertó inventó como clave la incertidumbre. Ese fue el último invento. Ellos mismos decidieron como morir esa noche, primero convirtieron el carnaval en rito y después acotaron la cuaresma a una sola noche. Las filas de cuellos quedaron olvidadas en la certeza de una página, la que estaba destinada a quedar eternamente en blanco. Los asesinos cayeron en la trampa y quisieron corromperla. El contagio fue masivo.

A universos enteros de distancias existe un lenguaje, reproducido por pocas personas, que tiene la capacidad de contar una historia sin que nada sea contado. Esa combinación es posible únicamente en ese lenguaje, pero la forma de lograrla se ha perdido para siempre. Aquellos que escondieron la posibilidad de modificar las vidas de todo lo que es conciente de su existencia en el último de los rincones de este universo. Según el único manuscrito que se encontró si aquel conocimiento es alcanzado existiría la posibilidad de pensar las relaciones sociales marginadoras del poder y, con ello, la historia y el tiempo se detendrían. Ese día lo que existe habrá querido dejar de existir y anular su movimiento. Esa última decisión, esa soberbia pretensión de santidad, será la negación del regalo que el caos dio a lo que lo niega. Ese será el último de los insultos, el que nos condene, otra vez, a la eterna y efímera quietud de lo inaccesible.

Los hijos del arte aprendieron a valorar la mirada escribiendo con conciencia práctica de la escritura, construyendo la deconstrucción de las palabras se logró una descontracturación de las personalidades enviando una serie de sonidos constrictores que permitan la abominable predilección de la penúltima habitación de una pasillo un poco blanco para poder tener tantas puertas de color jarrón hechas de sábanas que algún día van estar tiradas en una misma parte de una misma pared de un mismo puente en esa misma hora en la que los que alguna vez tuvieron que ver en medio de un gran lugar lleno de árboles.

Estas son las historias que escondidas en las piedras. Los ejemplos que echarán luz a los futuros, a los niños del mañana, a los ancianos del pasado. Y a la tristeza, que es angustia, que es también tener ganas de vivir.

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